jueves, 20 de agosto de 2020

 

La Bestia de Metal

 

 

El camino a la cordillera central se hacía angustioso. Un páramo se ensanchaba a lo lejos, bajo el candente fuego con lengua de lava que, incontrolable, habían provocado los “Mañeses”; o eso se decía.

 

La soledad era visible. Nada parecía salvarse ante el siniestro. Un rojo intenso de larga lengua devoraba cada hectárea del lugar. Y luego aquella voz de entre tumba y desdoblada susurraba: los “Mañeses” son culpable. La maldad de aquel siniestro rondaba los pinales que crujían sin poder escapar de la sierra.

 

Las pequeñas especies endémicas y nativas corrían despavoridas, achicharradas por el intenso calor y el sonido inclemente se su genocida.

 

La Jutia y el Solenodonte morían pidiendo piedad. Eran los últimos de su especie en el mundo. Jamás las recordarían, pues hacía tiempo morían bajo el secuestro de los inmisericordes pueblerinos de la pelona que las trataban a los turistas como especies raras para hacer su BBQ en sus orgías nocturnas.

 

Y los “Mañeses”, seguían siendo culpables.

 

Ante aquel dantesco escenario, una bestia gigante, de metal, alzó sus garras de pronto, trémula y brutal en el lecho del rio que bordeaba la cordillera. Es el oro, - se escuchó de pronto: - Que arda todo. No hay castigo, el poder nos autoriza.

 

Un viejo papel parecía rubricar aquella masacre sin sangre. La bestia seguía su surco. Sus garras empezaron a rasgar a profundidad el acantilado. El color cristalino, prístino que vestía el río, se nubló como teñido de terror en la época huracanada, lechoso y sedimentado.

 

Las truchas y tilapias saltaban echando bocanadas para poder respirar; pero morían:

 

-         ¡Trabaja más duro! - gritó un criollo vendido a la bestia de metal que, se decía, era descendiente de Guacanagarix- ¡No dejen nada! Esto es bueno para la patria- reía burlón mientras acariciaba su bigote mal cuidado.

 

Otra lengua incandescente se vio a lo lejos. A minutos de distancia, allá, donde nace la patria. Un repentino gorgoreo venido del pueblo hizo enojar la bestia. Aquel ruido tenía la decisión de cuidar el monte; pero la bestia se opuso. Su papel rancio se estregaba en los rostros del pueblo.

 

Las montañas ardían sin cesar mientras el llanto y la impotencia se adueñaba de los jodidos pueblerinos que parecían vivir en el viejo oeste minero. Se revelaron, trémulos, ante las tenazas tendida por la bestia que degollaba las montañas, los ríos, la flora. Sus tentáculos eran poderosos y callaban voces: - ¡Es nuestra tierra! -decía la bestia golpeando su pecho de acero y plomo- ¡Penetra más profundo! - gritó de nuevo.

 

Era lo esencial. Ver morir los ríos, las aves y los árboles, era lo esencial.

 

- ¡Quién es esa bestia destructora de inocencia y llena de poder? - preguntó de pronto el último conífero que se erguía orgulloso ante aquel devastador escenario: - ¡La Barrick Gold! - respondió mi conciencia mientras me despertaba de aquel malvado sueño.

 

 

 

 

Prof.: Ricardo Pérez Mesa, 18 de mayo 2015

 

 

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