La Bestia de Metal
El camino a la cordillera central se hacía
angustioso. Un páramo se ensanchaba a lo lejos, bajo el candente fuego con
lengua de lava que, incontrolable, habían provocado los “Mañeses”; o eso se
decía.
La soledad era visible. Nada parecía
salvarse ante el siniestro. Un rojo intenso de larga lengua devoraba cada
hectárea del lugar. Y luego aquella voz de entre tumba y desdoblada susurraba:
los “Mañeses” son culpable. La maldad de aquel siniestro rondaba los pinales
que crujían sin poder escapar de la sierra.
Las pequeñas especies endémicas y nativas
corrían despavoridas, achicharradas por el intenso calor y el sonido inclemente
se su genocida.
La Jutia y el Solenodonte morían pidiendo
piedad. Eran los últimos de su especie en el mundo. Jamás las recordarían, pues
hacía tiempo morían bajo el secuestro de los inmisericordes pueblerinos de la
pelona que las trataban a los turistas como especies raras para hacer su BBQ en
sus orgías nocturnas.
Y los “Mañeses”, seguían siendo culpables.
Ante aquel dantesco escenario, una bestia
gigante, de metal, alzó sus garras de pronto, trémula y brutal en el lecho del
rio que bordeaba la cordillera. Es el oro, - se escuchó de pronto: - Que arda
todo. No hay castigo, el poder nos autoriza.
Un viejo papel parecía rubricar aquella
masacre sin sangre. La bestia seguía su surco. Sus garras empezaron a rasgar a
profundidad el acantilado. El color cristalino, prístino que vestía el río, se
nubló como teñido de terror en la época huracanada, lechoso y sedimentado.
Las truchas y tilapias saltaban echando
bocanadas para poder respirar; pero morían:
-
¡Trabaja
más duro! - gritó un criollo vendido a la bestia de metal que, se decía, era
descendiente de Guacanagarix- ¡No dejen nada! Esto es bueno para la patria-
reía burlón mientras acariciaba su bigote mal cuidado.
Otra lengua incandescente se vio a lo
lejos. A minutos de distancia, allá, donde nace la patria. Un repentino
gorgoreo venido del pueblo hizo enojar la bestia. Aquel ruido tenía la decisión
de cuidar el monte; pero la bestia se opuso. Su papel rancio se estregaba en
los rostros del pueblo.
Las montañas ardían sin cesar mientras el
llanto y la impotencia se adueñaba de los jodidos pueblerinos que parecían
vivir en el viejo oeste minero. Se revelaron, trémulos, ante las tenazas
tendida por la bestia que degollaba las montañas, los ríos, la flora. Sus
tentáculos eran poderosos y callaban voces: - ¡Es nuestra tierra! -decía la
bestia golpeando su pecho de acero y plomo- ¡Penetra más profundo! - gritó de
nuevo.
Era lo esencial. Ver morir los ríos, las
aves y los árboles, era lo esencial.
- ¡Quién es esa bestia destructora de
inocencia y llena de poder? - preguntó de pronto el último conífero que se
erguía orgulloso ante aquel devastador escenario: - ¡La Barrick Gold! -
respondió mi conciencia mientras me despertaba de aquel malvado sueño.
Prof.: Ricardo Pérez Mesa, 18 de mayo 2015
